Ganar dinero es fácil


Hay una frase demoledora en Ciudadano Kane que solo se entiende muchos años después de ver la película por primera vez, cuando la vida ya te ha sacudido tantos directos a la mandíbula que tienes que rumiar las grandes verdades a poquitos, como si fuesen puré hirviendo. La suelta, como si nada, el señor Bernstein, uno de los antiguos colaboradores de Kane, al que interroga un inquieto periodista en busca del misterioso significado de Rosebud, la última palabra que había pronunciado el magnate moribundo.

-No es tan difícil hacer dinero cuando es solo hacer dinero lo que se pretende.

Parece una de esas frases de relleno que los guionistas de aquel Hollywood glorioso colaban en los diálogos para ir tirando, entre pitillo y pitillo, pero se trata de una de esas sentencias irrebatibles que van macerando en la barrica de la existencia hasta que un día cobran vida.

Rodrigo de Rato y Figaredo es sin duda uno de esos tipos a los que se refería Everett Sloane, el impagable secundario del filme de Orson Welles. Si tienes principios puedes hacerte rico, por supuesto, pero tienes que tener talento y trabajar mucho. Demasiado laborioso. De Rato y Figaredo es un señor de buena familia y cuando desembarcó en la política ya venía de casa comido.

Comido sí, pero no bebido, porque en los apuntes de su tarjeta B, a las 14.05 horas del 27 de marzo del 2011, figura un gasto de 3.547,19 euros en «bebidas alcohólicas». Quién no ha pagado alguna vez una ronda de ese calibre. Hay días en que la sed y el dinero se le van a uno de las manos.

Rato es algo más que un icono del aquelarre planetario que montaron las clases política y financiera. Fue el vicepresidente económico de la burbuja inmobiliaria (1996-2004). Fue el visionario director gerente del FMI (2004-2007) que, en vísperas de la mayor crisis desde la Gran Depresión, no vio venir el bus de dos pisos que avanzaba sin frenos y cuesta abajo por las gráficas de la macroeconomía mundial. Y, para rematar, fue el presidente de Bankia (2010-2012), entidad que dejó perforada con un agujero negro de 22.424 millones de euros que ya le molaría a Stephen Hawking.

Bernstein tenía razón. Amasar dinero no es difícil si tienes los escrúpulos cortos y las agallas largas.

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