Si de mí dependiera, cerraría las Bolsas. Las Bolsas de Valores, se entiende, esas que los cronistas económicos conocen como «el parqué». Sirven para capitalizar y recapitalizar empresas, según parece; para fomentar el capitalismo popular, porque ofrecen a las clases medias de posibilidad de ser accionistas de grandes corporaciones; para que algunos expertos se enriquezcan y algunos incautos se arruinen. Y quizá proporcionen mucho empleo de calidad, a juzgar por los técnicos, consultores, economistas de guardia y demás especies del sector bursátil que aparecen en los telediarios a explicar hundimientos y futuros. Todos muy bien trajeados, por cierto: debe ser el último grupo social, además de El Corte Inglés, donde el traje y la corbata es vestuario imprescindible.
Quitado eso, hay días que dan ganas de llamar a los antidisturbios a que cierren esos quioscos del dinero. Son más peligrosos que el ébola. El pasado miércoles estábamos tan tranquilos saboreando la recuperación que los ministros nos meten por los ojos como si fuera verdad, y llega la Bolsa y nos hunde en la miseria. Baja de golpe no sé cuántos puntos y encima baja en todo el mundo, por eso la comparo con los efectos devastadores del ébola.
¿Y qué nos ocurre a los modestos ciudadanos que solo sabemos mirar? Que, ayudados por los periódicos que nos amargan la vida con la tercera recesión, empezamos a ver el apocalipsis. La Bolsa transmite la sensación de que esto se hunde, de que los inversores huyen despavoridos y de que se acabó nuestra ínfima esperanza de que las cosas se empezaban a arreglar. Efecto social: si alguien estaba animado porque las cosas marchan, se vuelve a desanimar, aparca el proyecto de comprar un piso, reduce su consumo y alimenta la auténtica posibilidad de recesión. Es la parte psicológica de la crisis.
Después, nada de lo visto y sufrido responde a la realidad. Ni las pérdidas ni las ganancias responden al valor de la empresa que captó la inversión. Solo responde a maniobras especulativas. Una vez que bajó debidamente la Bolsa, y sin que haya cambiado el panorama general de la economía, vienen los cazadores de gangas y la vuelven a subir. Unos se hacen de oro y otros se arruinan. En dos días de bajón, en las bolsas del mundo se perdieron más de un billón de euros. En España, unos 30.000 millones. En algunos poderosos despachos nacionales y multinacionales están dispuestos a ganarlos en una mañana solo con darle a una tecla del ordenador.
Esto tendría que ser delito. No se me ocurre otra calificación para algo que enriquece a los ricos, empobrece a los pobres, se aprovecha de los medios, asusta a los inversores y, encima, le estropea a Rajoy el discurso de la recuperación.