Pablo Iglesias disimula mal sus rabietas juveniles. Con razón, el líder de la formación Podemos confesó en su día que no soporta «perder a nada, ni a la chapas».
Algo que ha quedado patente en sus recientes y obsesivos ataques contra Felipe González, después de que éste dijese la obviedad de que el líder de Podemos quiere implantar en España políticas bolivarianas.
Pero esta vez Iglesias ha pinchado en hueso, porque Felipe González representa -no en exclusiva, ciertamente- lo mejor de la transición española y la democracia en los últimos cuarenta años.
Estaría bien que el líder de Podemos aprendiese de sus profundas convicciones democráticas no bolivarianas y que, a la vez, tratase de evitar sus errores.
Porque González también cometió errores que están ahí y que, siendo grandes, no deslucen lo esencial de sus méritos en pro de una sociedad moderna y reconciliada.
Iglesias debe saber que aún lo separan de él muchos escaños históricos y que, para igualarlo, no basta con insolentarse ante el que fue el gran gobernante socialista.
Me parecen lógicas las ambiciones de Pablo Iglesias, quien, con razón, cree estar viviendo un sueño. Encuentro razonables sus deseos de repetir una y otra vez el mismo discurso de piñón fijo, sin pronunciarse jamás sobre asuntos conflictivos, como la secesión catalana, los etarras u otros engorros.
Está en esa fase en la que le es útil todo lo que suma votos, sean de izquierdas o de derechas, europeístas o antieuropeístas, de arriba o de abajo. Se ha dado cuenta de que puede recoger el apoyo de muchísimos descontentos en unos tiempos en los que aún queda mucha crisis económica por delante.
No seré yo quien lo critique por intentar llenar el hueco que otros, torpemente, agrandan cada día (por ejemplo, los de las tarjetas black).
Ni siquiera lo tildaré de oportunista, porque no pretende nada que los demás no anhelen.
Pablo Iglesias y los suyos han diseñado un modelo y una oferta que está ganando audiencia. Es decir, está acertando.
¿Tiene soluciones para todo, como dice? No, pero llegará hasta donde la ciudadanía quiera, como corresponde en una democracia.
Y si no llega alto, se enrabietará mucho. Seguro.