Está claro cómo ha sido todo: Caja Madrid regalaba una tarjeta a sus directivos y consejeros básicamente para comprar sus voluntades. Era una gracia para que los directivos estuvieran a favor y los consejeros de administración no pusieran pegas. El hecho de que fuesen fiscalmente opacas no era un dato negativo para aceptarlas, sino todo lo contrario: ese detalle las engrandecía y las hacía más valiosas, y ese es el síntoma de la enfermedad ética de este país. Dejémonos de cinismos y de ver solo el escándalo en los 86 perceptores de la prebenda y convengamos que es verdad lo que dijo Esperanza Aguirre: que esos señores aceptaron la tarjeta como un bombón y nadie rechaza un bombón. El profesional que cobra sin factura hace a su escala lo mismo.
¿Qué es lo que convierte el episodio en escándalo? Que se trataba de una entidad de crédito no exactamente privada; que esa entidad estaba en una situación que no permitía ningún dispendio; que al mismo tiempo que se repartía así un privilegio se estafaba a los ciudadanos con las preferentes, y que los beneficiados de la generosidad de la dirección de la caja no eran indocumentados, sino gente preparada y algunos empresarios que sabían muy bien que aquello no era limpio. Y hay una maldad superior que supone un engaño: la forma en que esas cantidades -recordemos, 15,5 millones de euros- pueden haber sido camufladas en los resultados de la entidad. ¿Quizá como gastos de representación? ¿Como regalos de empresa? ¿Qué truco se ha utilizado?
Y ahí entra en juego la inspección de Hacienda. ¿Cómo es posible que durante tantos años esas cantidades no hayan llamado la atención de la Agencia Tributaria? ¿Por qué a un profesional se le rechaza como gasto el importe de un almuerzo de trabajo y se dejaron pasar esas cantidades? Ahora, como apuntamos hace días, la parte fiscal del escándalo habrá prescrito y la responsabilidad penal vaya usted a saber cuándo se dirime. Entre unas cosas y otras, estamos ante la consagración de la impunidad. Mucho me temo que, al margen de los obligados a dimitir porque tienen cargo público, la única pena que van a tener los poseedores de las tarjetas será la censura pública y la vergüenza de verse en las listas? hasta que pase la emoción. Esperemos que haya justicia, aunque tarde. Y pido que hagamos la reflexión que planteaba al principio: si lo de Caja Madrid ocurrió y se mantuvo durante tantos años, no es porque los beneficiarios de las tarjetas sean un grupo de golfos. Es porque hay gente que se deja seducir por el dinero negro. Es porque todavía existe una cultura que aprecia el dinero negro y agradece que se le pague en negro. Mientras eso exista, será muy complicado erradicar el fraude fiscal.