La tribu de los merkelitas y los austericidas se ha pasado los últimos siete años reiterando la monserga de que tenemos que expiar las penas por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Y es que comprábamos mochilas a nuestras hijas por encima de nuestras posibilidades. Pagábamos religiosamente el alquiler, la luz, el agua, la comunidad, el teléfono, la clase de inglés y hasta el ballet de las niñas por encima de nuestras posibilidades. Llegó un momento de la historia en que nosotros, la tropa de a pie, llegamos a creernos que éramos alguien y hasta subíamos al bus número siete por encima de nuestras posibilidades (cuatro viajes al día en lugar de dos, y otros desmanes de ese tipo). Íbamos al súper a lo loco, a pillar la leche de marca blanca por encima de nuestras posibilidades. Hasta hay casos documentados de ciudadanos normales, del montón, que salían de paseo el domingo por la tarde y que incluso tomaban bocatas de jamón y cerveza de barril por encima de sus posibilidades. Había gente corriente que soñaba con enviar a sus chavales a la universidad. Un puro exceso que hubo que frenar en seco. Y mientras, nuestros amados líderes, pluriempleados a tiempo parcial como consejeros y directivos de Caja Madrid y Bankia, esforzándose por levantar el país y por pulirse 15,5 millones de euros a golpe de tarjeta opaca (Business Oro o Business Plata, según el caché). Estos ejecutivos con posibles nunca vivieron por encima de sus posibilidades. No había límite para su plástico negro. Pero tal vez fueron ellos -y no nosotros- quienes vivieron por encima de nuestras maltrechas posibilidades.