Sí, sí, votar no siempre es democrático

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

¿Cuál es el argumento más utilizado, dentro y fuera de Cataluña, por los partidarios del referendo de autodeterminación ilegalmente convocado por el presidente de la Generalitat? Que votar resulta siempre la más prístina expresión de la democracia.

Según esa forma de razonar, tan aparentemente poderosa que pocos han osado rebatirla, los que defienden el llamado derecho a decidir serían unos demócratas incorruptos y los que lo refutan la encarnación de la falta de respeto a la que los primeros consideran la base esencial de la democracia misma: el derecho del pueblo a votar sobre lo que le venga en gana y sin limitación alguna.

Ocurre, sin embargo, que, en un Estado de derecho, lo que el pueblo puede decidir está fijado por la ley: una cosa en elecciones locales, otra en autonómicas, otra en generales y otra en europeas, de modo que la confusión de cualquiera de esos planos -por ejemplo, que un municipio pretenda expresarse sobre lo que corresponde a su comunidad, o una de estas sobre competencias estatales- solo puede conducir al caos político y a una inseguridad jurídica total.

No es ese, sin embargo, el principal argumento que cabe oponer a la supuesta imposibilidad de limitar el derecho a decidir. Y es que la democracia como procedimiento no significa de ningún modo que todo lo resuelto a través del voto sea democrático. ¿Lo sería votar sobre privar del derecho de sufragio a las personas de etnia gitana? ¿Puede decidirse a través de un procedimiento democrático la supresión de la libertad religiosa?

Siguiendo el mismo razonamiento, caben pocas dudas de que esa democracia procedimental que defienden como obvia y, por tanto, indiscutible, los nacionalistas conduciría en Cataluña al resultado menos democrático que cabe imaginar: que una parte de los catalanes se vieran privados de su nacionalidad por imposición de un sector más o menos amplio del electorado si los secesionistas fueran mayoría, imposición que no por ello resultaría menos injusta para quienes hubieran de sufrirla.

Contra lo que da por supuesto el nacionalismo, Cataluña es internamente tan plural como España en su conjunto, y votar sobre la secesión abre la posibilidad de expulsar de la communitas a quienes quieren seguir viviendo en el Estado en que nacieron ellos y sus antepasados. Tal atropello a los derechos de millones de personas no deja de serlo porque se produzca como resultado de una votación.

Esa es la esencia del problema que, en demostración de su autoritarismo profundamente antidemocrático, se la trae al pairo a unos nacionalistas que están convencidos de que quienes no comparten su credo o son malos catalanes o no son catalanes de verdad. De ahí a limitar sus derechos políticos o privarlos de ellos en una futura Cataluña independiente no habría más que un paso.