La mamandurria de los 15 millones

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

03 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Conozco personalmente a varios de los titulares de las ya famosas tarjetas «B» de Caja Madrid, el último escándalo bancario que sorprendió a los españoles. De ellos tengo un buen concepto y creo que no habrían hecho un gasto con esa tarjeta si supiesen que cometían un delito. Pero lo siento en el alma: han caído en la tentación y el pecado está cometido. Se dejaron llevar por la seducción del dinero fácil, no supieron negarse a las oportunidades de compras que se les ofrecían, tampoco tuvieron reparos en manejar fondos opacos para la Hacienda pública y ahora están ahí, vapuleados por los ciudadanos y los medios de comunicación. Nombres que teníamos en absoluta veneración por su trayectoria, están sometidos al escarnio y a la vergüenza pública.

No diré mucho más, porque está abierta la investigación de la Fiscalía y por respeto a la presunción de inocencia. Lamento que quienes más tiraron de esa mamandurria, con importes que se aproximaron al medio millón de euros, se rían de la Agencia Tributaria porque la mayoría del fraude (no creo que haya delito fiscal) ya está prescrito. Y tampoco estoy seguro de que los 86 beneficiarios hayan incurrido en delito societario. Quizá habría que apuntar más bien a los responsables de la creación de ese sistema de pago. La Fiscalía dirá.

Lo grave no está en esos aspectos fiscales y penales. Lo grave es que estamos ante otra noticia, una más, que destroza la ética. Lo gravísimo es ver que unos señores utilizaron un dinero que no era suyo como complemento salarial, que ese es el sentido de las tarjetas. Y lo impresentable es que, al tiempo que lo hacían, esa entidad de crédito se desmoronaba. Se empezaban a practicar desahucios. Y es posible que los fondos de esas tarjetas se estuvieran surtiendo de la venta de las preferentes; es decir, eran producto de una estafa que sigue ahí, porque muchos de esos compradores todavía no pudieron rescatar su dinero.

Vistas esas circunstancias, ¿cómo queremos que la gente no esté irritada? La gente normal, la que paga sus impuestos sin rechistar, se siente estafada, como se sintió estafada cada vez que alguien robó del presupuesto público. La gente normal no entiende que haya podido haber latrocinios amparados por algo tan respetable como una caja de ahorros y que nadie los haya descubierto ni denunciado. La gente normal está empezando a pensar que hubo dos clases de españoles: los ladrones y los robados. Y la gente normal quiere que cambie todo, incluso el régimen político, para acabar las desvergüenzas. Por ello, los antisistema no son los que hacen manifestaciones. Los antisistema son los que han desprestigiado el sistema con su avaricia, sus tarjetas, sus mamandurrias y su descontrol.