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Esa es la cifra que acaba de hacer pública Unicef: las muertes a causa del virus del ébola ya han dejado tras de sí 3.700 niños huérfanos, que bien pudieran ser el doble a mediados de mes. Si ya es impactante la cifra en sí misma, el drama crece al saber que buena parte de ellos se encuentran absolutamente abandonados a su suerte, porque ni sus familiares y vecinos quieren hacerse cargo de su cuidado por miedo al contagio, ni los gobiernos de sus países disponen de una infraestructura mínima para brindarles una asistencia decente. Vamos, carne de cañón para los buitres, en sentido real o metafórico (abusos sexuales, prostitución, esclavitud, tráfico ilegal de órganos, y todo lo que ustedes quieran imaginar: la realidad, en este caso, supera por desgracia a la ficción).

Se me revuelve el estómago. Siento asco. De mí y de mis conciudadanos. Porque somos capaces de leer esa noticia y seguir a lo nuestro; lamentándonos de nuestros problemas que, por muy grandes que sean, no dejan de encoger hasta la mínima expresión ante la magnitud de ese y otros dramas parecidos. Y, aunque dicen que las comparaciones son odiosas, no acierto a comprender qué sociedad es esta que es capaz de movilizar a decenas de personas y una cantidad ingente de recursos para ir a Perú a rescatar a un espeleólogo accidentado (iniciativa digna de encomio, por demás), pero no hace prácticamente nada ante esta tragedia africana.

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