Artur Mas, un cadáver a los postres


De todos los actores involucrados en el vodevil del referendo catalán, el que interpreta el papel más ridículo, el verdadero bufón encargado de divertir a los cortesanos, es sin duda alguna Artur Mas. El presidente de la Generalitat está realmente convencido de ser el héroe audaz que está conduciendo a su pueblo hacia la libertad. Y parece incapaz de comprender que va a pasar a la historia como el hombre que situó a los catalanes ante un abismo innecesario. El político que se quedó a medio camino de todo, sin el talento para forjar un gran acuerdo con Madrid ni el valor para revolverse con todas sus consecuencias contra España.

Después de tanto órdago y tanta audacia, y aunque seguirá unos días mareando la perdiz, su única salida ahora es convocar de nuevo elecciones en Cataluña. Las terceras en menos de cuatro años. Unos comicios que certificarán su muerte política y tras los cuales nadie, ni los nacionalistas catalanes ni el resto de españoles, le agradecerá nada. Porque, si algo ha definido su actuación en este proceso, ha sido siempre la cobardía y la doblez. Es cuento largo la capacidad del nacionalismo para pervertir el lenguaje y retorcerlo hasta el infinito con tal de que sirva a sus fines. Y así hemos visto en este grotesco proceso una eclosión de expresiones hueras para recorrer meandros alrededor de lo obvio. Desde el «soberanismo», desgraciadamente asentado incluso entre los críticos del nacionalismo, pasando por las «estructuras de Estado», la «consulta» o el «derecho a decidir». Todo, con tal de no mentar a la bicha, no sea que algún catalán abra los ojos y se asuste.

Si a lo que aspiraba Artur Mas era a conseguir la independencia de Cataluña por la vía de un referendo, lo primero que debió hacer es llamar a las cosas por su nombre -«independencia» y «referendo»-, y no ocultarse cobardemente tras una coraza de eufemismos que solo pretendían nadar y guardar la ropa. Es decir, enardecer a las masas nacionalistas en Cataluña presumiendo de promover el independentismo a toda costa, atropellando la ley y la Constitución si es necesario, y presentarse a la vez en Madrid con cara de angelito y diciendo que lo único que quiere hacer es poco menos que un sondeo sin validez ni trascendencia alguna, comparándose con Martin Luther King o con Mahatma Gandhi. Como si los nacionalistas catalanes fueran negros oprimidos y sin derechos civiles o hindúes de la casta intocable, apestados y esclavos.

La verdad, y él lo sabe mejor que nadie, es que es un representante de otro tipo de casta, la nacionalista, que ocupa en este momento todos los resortes del poder en Cataluña y hace y deshace a su antojo, saltándose leyes y sentencias del Constitucional muy a menudo, pero cobrando puntualmente sus nóminas como representantes de unas instituciones, la Generalitat y el Parlamento catalán, que emanan de esa Constitución que tanto daño les hace. El futuro de Cataluña está por escribir. El epitafio de Mas ya se conoce: un cadáver a los postres.

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