En el momento más inoportuno y con el máximo estrépito


Rajoy ha presumido siempre de la estabilidad de su Gobierno. Hasta ahora, que ha volado por los aires con el máximo estrépito. Porque no es la simple dimisión de un ministro, es una crisis de gran calado. Porque no es un simple desacuerdo, es una profunda división sobre un asunto de gran significado para el electorado del PP. Porque quien se va no es un ministro cualquiera, sino un pata negra del partido. Y se marcha como es habitual en él, haciendo el máximo ruido y en el peor momento. Abandona dando un portazo e intentando dejar en evidencia a Mariano Rajoy al justificarse con el argumento de que lo que ha intentado hacer con la reforma del aborto es lo que pone en el programa del PP. Es decir, es el presidente quien ha cambiado de posición. Un torpedo a la línea de flotación. Es lo que tienen los egos tan inflados, que cuando estallan lo hacen sin importarles el alcance de la onda expansiva ni lo que se llevan por delante. Es el riesgo de encumbrar a quien se pasa la vida amagando con dimitir. No es una cuestión de coherencia ni conciencia, porque la paralización de la reforma del aborto no es de hace una semana. Es un problema de responsabilidad. O, mejor, de irresponsabilidad. Porque no es otra cosa irse en el momento crítico del mayor desafío al que debe hacer frente España: el del independentismo catalán. Solo eso sería razón suficiente para descalificar al ministro. Pero es que, además, ha impulsado manu militari una contrarreforma judicial que ha suscitado un rechazo generalizado en el sector. Como con el aborto, ha sido incapaz de llevarlas a puerto. Es lo que tiene despreciar todos los consensos. Pero el daño ya está hecho. Y, además, deja a Rajoy expuesto.

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