Septiembre, día 22, ya camina con paso firme todo el sistema educativo gallego. Tal circunstancia me empuja a expresar una de mis preocupaciones culturales -disculpen la ironía- más severas: ¿Adónde vamos? Es la pregunta desnuda, sin más. Si ustedes leen los objetivos de cualquier materia de bachillerato o universitaria, en la parte alta del sistema, conocerán el marco teórico que define metas. Pero el marco real difiere del escrito. Y más cuando como cantos de sirena escuchamos que el objetivo, quizá el único que se fijan las Administraciones, es la inserción laboral; inserción en la que, por cierto, se ha fracasado de modo palmario. Me parece una equivocación que se nos repita una y otra vez, como salmodia hipercorrecta, que la única finalidad es trabajar. Por ello, hemos dejado de profundizar en los altos conocimientos, en el excelso saber o la gratuita erudición, para fijarnos como único propósito el puesto de trabajo. Las mejores universidades u óptimos colegios del mundo tienen un porcentaje elevadísimo de inserción laboral. Porque se forma no solo para un puesto de trabajo, sino para la vida; no solo para operar, transformar, construir, profesar, sino para otorgar un sentido innovador, humanístico y reformador a la sociedad.
Subamos el listón, procuremos la ilustración y la excelsitud. Los excelentes, tarde o temprano, alcanzan su lugar y su puesto de trabajo.