Dramatis personae


Hay signos apocalípticos que hacen temer el advenimiento del Armagedón. La luna inmensa y la playa de Riazor desecada como el mar Rojo bajo la vara de Moisés, por ejemplo. Cosas terribles pasan si Botella, como Ofelia, se precipita desde el madroño de Madrid para morir ahogada en el río Manzanares. Shakespeare entra a saco en la casa de Lope y de Calderón, de la mano de Hamlet-Rajoy y su duda, o de Artur-Polonio que le responde insistente por lo bajo «no ser, no ser». Entre tanto Desdémona-Soraya, pizpireta ante la prensa y la televisión, triunfa bajo los focos y se deja enviar cajas de bombones -y, al parecer, se los come- de los pretendientes de la segunda fila. Los coros de Nabucco que se echan a la calle en Barcelona con inmensas esteladas dan relevancia a la rentrée, mientras en Sevilla se desarrolla la eterna ópera del barbero de ídem, y los sindicalistas ponen las suyas a remojar.

Comenzamos pues el otoño con el ánimo exacerbado y la conciencia dramática de que estamos haciendo historia. Pujol, como el pobre Segismundo, gimiendo por su prisión de lujo mientras ahí afuera la vida sigue. Jordi, al que los odiosos castellanos no comprenden. Castellanos aguafiestas a los que, vaya por Dios, siempre mandan un andaluz o un gallego. Porque a los pequeños grandes hombres, Jordi Pujol, José Luis Baltar, Napoleón, Messi, el pueblo ni los entiende ni se los merece.

Y así viene el otoño envuelto en el calor de la estrella misteriosa y yo, una vez más, me siento como Tintín.

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