Cameron accedió al referendo en Escocia convencido de que había puesto en marcha una jugada maestra para desactivar el independentismo escocés. Durante dos años, en Westminster han mirado con displicencia hacia sus vecinos del norte persuadidos de que la campaña por la independencia era una especie de sarampión infantil que había que pasar y que, una vez superado, ya quedaban inmunizados de por vida. Con parecida indolencia, Rajoy ha menospreciado las grandes movilizaciones catalanas, en su creencia de que lo que importa son las mayorías silenciosas y no las algaradas de los agitadores de siempre. El Gobierno se ha parapetado tras la legalidad vigente para impedir la consulta, como si con ello fuera suficiente para aplacar las ansias de un amplio sector de la sociedad catalana. Ha bastado que un sondeo prevea una victoria de la secesión para que en Londres se haya desatado el pánico, todos los partidos se hayan movilizado y el Gobierno, a la desesperada, ofrezca a los escoceses un nivel de autogobierno que hasta ahora les había negado. Aunque tenga razón sobre la consulta, haría bien Rajoy en tomar nota de lo sucedido en Reino Unido y no esperar a verle las orejas al lobo para tomar la iniciativa política. El referendo es solo una parte del problema, e impedir aquel no soluciona este.