En plena era Pujol, con el prestigio bien apuntalado y mientras ordeñaba a Cataluña sin seny alguno, el ex presidente de la Generalitat visitaba con frecuencia a Adelina. Antes que él, muchos hombres de Estado han preferido leer el tarot que a Kant, lo que indica que las cosas en este mundo de tolos podían ir todavía peor de lo que van. Hitler devoró Europa al ritmo que le marcaba un astrólogo húngaro llamado Karl Ernest Krafft y no se crean que los aliados se limitaron a despreciar la extravagante ocurrencia del Führer. Mientras millones de personas morían asadas en los crematorios o enterradas en los escombros de los bombardeos, la táctica astrológica determinó que Churchill contratara a otro húngaro, Louis de Wohl, para que leyera en el cielo las palpitaciones apocalípticas del alemán. En Argentina, Perón encomendó su voluntad a un tal José López Rega, el Rasputín de la Pampa, un curandero entregado al sincretismo umbandista que sabía mucho de desapariciones, las de miles de jóvenes secuestrados por la dictadura en la que Rega había colaborado como el diligente policía que era.
Así que Pujol se comportó como un auténtico hombre de Estado en este asunto, aunque nos cueste imaginarlo encorvado mientras Adelina le restregaba un huevo por la espalda para librarlo del mal de ojo, que por lo visto y por lo que ahora cuenta Adelina desde su retiro ourensano, los huevos le salían negros como los pecados que el católico Jordi estaba cometiendo. Extraña forma de administrar las vidas ajenas. Inquietante sospechar que los consejos de ministros los presida una güija en lugar de la Constitución.