De 17.621 a veintidós. En España somos así. Todo lo hacemos a lo bestia. Si se trata de aforarse, nos aforamos más que nadie. Si se trata de desaforarse, pues igual. Todos los criterios que en su día indicaron al legislador que convenía complicar el posible procesamiento de determinados ciudadanos, creando una auténtica casta de elegidos, se han evaporado en el ratito que tardó el Consejo de Ministros en despachar una propuesta que obligará a reformar la Constitución y estatutos de autonomía como el de Galicia. El rasurado quiere aplacar la indignación del personal y desnaturalizar el combustible que Podemos está inyectando, así que algo tiene de golosina electoral para tranquilizar al español que comulga con la teoría de la casta.
Pero es que esa tendencia a la hipérbole, esa desmesura tan teatral con la que transitamos por la historia, también atañe al nuevo espacio político abierto a codazos por Pablo Iglesias y sus seguidores. Del sacrosanto bipartidismo, que durante décadas centrifugó cualquier aventura política poco convencional, hemos pasado en cuatro meses a un sarampión ideológico que ha contagiado con progresión epidémica a miles de personas a las que les ha brotado un político en el estómago. Iglesias es un flautista de Hamelín cuya melodía pizpireta y cautivadora afinan todos los inocentes del pueblo, que ya no quieren que los padres sean los reyes. Algo tiene que ver que los regalos de las últimas navidades estuvieran envenenados, pero esta explosión puede quedarse en unos aparatosos fuegos artificiales si insisten en montar un partido político en el hueco de cada escalera.