El grave error de subestimar a Oriol Junqueras


La hoja de ruta del soberanismo catalán está escrita en trazo grueso desde hace años, pero es ahora cuando empieza a quedar claro el papel que los guionistas han reservado para cada personaje. CiU y Esquerra pondrán toda la carne en el asador el próximo 11-S, y a mediados de mes el Parlament aprobará la ley que dará vía libre a Mas para convocar la consulta. El recurso del Gobierno será inmediato, y también es de prever que con carácter de urgencia el Constitucional suspenda el decreto de convocatoria.

A partir de ahí Artur Mas puede echarse al monte y sacar las urnas a la calle o convocar elecciones. En los últimos días, en la arena política se han visto escaramuzas de fuego amigo a cuenta de cuál debe ser el plan B. ERC y el ala independentista de Convergencia defienden que hay que cumplir el pacto de legislatura y llegar hasta el final. El resto de CiU entiende que no se puede ir contra la ley, y prefieren un adelanto electoral para el invierno, con rango de plebiscito y una lista única de todos los partidos soberanistas, y con Mas como candidato (la única opción que permitiría maquillar el inevitable sorpasso de Junqueras). El plan C, que Iceta salga al rescate con los votos del PSC para acabar la legislatura y dar al menos dos años de estabilidad, no está en la agenda pública, aunque quizás sea el arreglo menos malo para todos.

Lo que todo el mundo sabe es que no habrá consulta, e incluso que una consulta suspendida e ilegal sería un mal negocio para los independentistas, pues PSC, PP y Ciutadans llamarían a la abstención y tendríamos un referendo con un 90% de síes y una participación insuficiente.

Llegados a este punto, ERC ya le ha marcado el camino a Mas. Junqueras está dispuesto a guardar las urnas para mejor ocasión siempre que se cumplan dos condiciones: que se estire la cuerda de la consulta hasta cinco minutos antes de que el Gobierno suspenda la autonomía, y que la coalición electoral ERC-CiU prometa en el primer punto de su programa la declaración unilateral de independencia en el Parlament.

En España nos encanta hacer de menos al rival y dar por ganados los partidos sin bajar del autobús. Pero cometeríamos un gravísimo error si subestimásemos a Oriol Junqueras, un político que nunca será utilizado como ejemplo en las escuelas que enseñan trucos de telegenia, pero que no es Carod Rovira ni Pilar Rahola.

Artur Mas nunca va a desafiar al Estado. Ha llegado donde ha llegado porque así lo decidió Pujol para intentar perpetuarse, pero podría ser jefe de departamento de cualquier multinacional. En cambio Junqueras sabe lo que quiere y se ha preparado toda su vida para ese desafío. Solo le falta presidir la Generalitat con una mayoría suficiente.

Es muy fácil caer en la tentación de etiquetar a Junqueras como un freak antisistema. Pero el personaje es mucho más sofisticado. Es alcalde de Sant Vicenç del Horts, un pueblo con mayoría de emigración charnega que ha utilizado como laboratorio de la independencia. Desde ese trampolín recorre Cataluña dando mítines en los que no habla de soberanismo (para qué, si ya lo hace Mas), sino de impuestos, servicios municipales, educación... En esas proclamas siempre manifiesta su admiración por los emigrantes españoles, que se organizaron para asfaltar las calles, construir escuelas y aprender catalán. Y acto seguido desprecia a quienes nunca han luchado por nada y ahora se quieren apuntar al proceso.

Junqueras sabía que al final Mas se iba a arrugar, y ha decidido que es el momento de atacar la cumbre en solitario y dejar atrás al sherpa que tan fielmente le ha ido abriendo camino.

Pero su planteamiento tiene un error de cálculo insalvable: parte de la base de que la independencia no se negocia, sino que se declara y se defiende. Y bajo esa bandera está convenido de que antes o después España y la UE harán de tripas corazón y reintegrarán a Cataluña en los rieles de la economía mundial.

Suena extraño, más en un mundo globalizado en el que una decisión política de Putin hace temblar el precio de la leche en Frades. Por si acaso, voces de ERC ya han advertido de que en los inicios de la gran Cataluña independiente los pensionistas no cobrarían sus pensiones, entre otros «petits sacrificis». Escollos sin importancia para Oriol Junqueras, que asegura estar en contra de la Constitución Española desde que tenía ocho años.

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