Ya entiendo por qué saca pecho Rajoy

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Ignoro si don Mariano Rajoy sigue de vacaciones por la tierra o se ha ido a Madrid, por aquello de que tiene por costumbre presidir el Consejo de Ministros. Esté donde esté, su final de verano es glorioso; quizá el mejor desde que se dedica a la función pública. Se propuso como única política arreglar la economía, ya sabéis, la penosa herencia recibida, y ni en sus mejores sueños imaginó que dos años y medio después se iba a encontrar con un panorama así. Como en agosto no hay encuestas sobre empobrecimiento ni trabajan los que alarman sobre la agonía de la clase media, ocupan su espacio los datos del bono y la prima de riesgo. Y dan un resultado feliz, y me quedo corto en la calificación.

¿Quién podía decir que aquella prima de los 600 puntos iba a bajar ayer hasta los 117? ¿Quién podía sospechar que los asfixiantes intereses de la deuda iban a rozar la gratuidad en el corto plazo y el bono español iba a bajar al 2,1 %? Estamos colocando deuda al interés más bajo de la historia. Y, por si esto fuera poco, también ayer hubo el regalo de los turistas hasta el mes de julio, un récord de gasto que se acerca a 40.000 millones. Es todo tan risueño, que da gusto escribir números. Como siga así, hasta podría volver a haber dinero para Sanidad y Educación.

Como comentarista, no tengo reparo en reconocerlo: algo habrá tenido que ver el Gobierno, su política y la tranquilidad que Rajoy consiguió trasladar a los mercados. Escribo esto, e inmediatamente me viene a la cabeza la mendicidad que he visto este verano en mi ciudad de Lugo, el miedo de los contratados para la temporada turística a medida que se van haciendo las maletas del retorno, la cantidad de personas que no han podido disfrutar sus vacaciones, o el pánico de tantas familias que no pueden afrontar los gastos del comienzo de curso. Pero la economía grande, la del Estado, la que sostiene el Estado de Bienestar, esa se arregla. Y esa era la prioridad del señor Rajoy para que no se acabara de deshilachar España.

Son estos datos los que animan a creer que su estilo de gobierno tiene sentido. Son los que confirman que no teníamos toda la razón quienes le reprochábamos que hiciera más tecnocracia que política. Y son los que, al menos por unos días, permiten respirar. Este es su éxito, señor Rajoy: el éxito de los resultados. Ahora solo falta que algunas migajas de la mesa de la euforia estatal caigan en las empresas que siguen ahogadas; en los empleados devaluados y en los parados que al llegar septiembre pierden la esperanza de colocarse como camareros. Y ahora solo falta que esa forma de gobernar dé los mismos frutos en Cataluña. Si así fuese, la felicidad sería completa. Al menos, la presidencial.