«Breaking Bad»


No podía tener otro funeral. Los Emmy han enterrado a Breaking Bad como se merecía, con paladas de premios. La tabla periódica ya no volverá a ser la misma nunca más. Bryan Cranston, el actor protagonista, se tatuó una doble «B» entre dos dedos de la mano. Cuentan que Vince Gilligan, el genio creador, resume así el argumento de una de las mejores series televisivas de todos los tiempos: «cómo Mr. Chips se convierte en Scarface». Es un viaje brutal por las carreteras del cáncer y de la metanfetamina con todo tipo de pasajeros. Una familia que solo parecía normal. Egos durmientes. Ese norte (Albuquerque, en Nuevo México) que tanto bebe del sur. Narcocorridos y rock. Integridad y podredumbre. Comedia, thriller, drama... Terrible y entrañable. Un tránsito escrito con el filo de la navaja, tan violento en la esencia del personaje principal, que costó encontrar un canal que aceptara proyecto.

El antepenúltimo capítulo es una joya. El final, una lección para todo aquel que aspire a escribir para la gran o pequeña pantalla (que parecen haber invertido los adjetivos en los últimos años). Todo encaja. El desenlace sorprende. Y, sin embargo, parece inevitable. En el programa The Writers? Room los guionistas de la serie aseguraron que, después de este éxito, saben que tendrán mucho trabajo y ganarán grandes cantidades de dinero. Pero admitieron que nunca volverán a hacer algo así. Reconocieron la certeza agridulce de que nada será igual después de haber alcanzado la cima de su carrera.

Quizás el secreto de la adicción que produce esta historia reside en que en todos los espectadores vive algo de Walter White y de Heisenberg. La diferencia está en la dosis. Breaking Bad tenía la justa.

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