«Selfies»

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Uno de los fenómenos más curiosos que nos han procurado las nuevas tecnologías de comunicación es esta especie de plaga visual que son los llamados selfies -diminutiva contracción de self-portrait, que en Román paladino sería «autorretrato».

Este tipo moderno de autopresentación va más allá de lo que supone el autorretrato en el mundo del arte. El selfie es una presentación social de la vida más íntima de su autor, de sus gustos, ideales, amores y relaciones.

El autorretrato y la autopresentación como necesidad imperiosa de compartir nuestra apariencia con los demás ha sido una constante en la historia del arte y de la humanidad. Lo que aportan los selfies de nuevo a esta necesidad es su inmediatez y distribución masiva a través de las redes sociales.

No es extraño que el fenómeno se haya extendido tanto, entre otras cosas porque las propias redes sociales a las que van dirigidos exigen de un autorretrato para incluir en el perfil de usuario.

Pero más allá de estas cuestiones, los selfies traslucen dos de los rasgos más evidentes de la sociedad occidental: su narcisismo y el debilitamiento del sentido del pudor incapaz de delimitar con claridad los espacios públicos y privados.

Cabe hacerse la pregunta de si ¿las redes sociales se han convertido en un espacio idóneo para la exhibición de una sociedad narcisista en la que la apariencia es un valor aquilatado o son las propias redes las que promueven esta conducta? Probablemente sean las dos cosas a la vez.

Se sabe que, cuanto más valor se le da a la apariencia, más se tiende a subir selfies a la red, pero esto no solo tiene una clave narcisista sino que también es un grito de llamada de atención. Algo análogo a los grafitis adolescentes o a la multitud de excesos encaminados a significar una singularidad, como tatuajes, pírsines, ropa excesiva, etcétera. Llamada de atención que ve cumplida su función a través del refuerzo que supone para un ego más o menos necesitado de recibir comentarios, motivaciones, «me gustas», y halagos varios de cuantos más seguidores mejor. El fenómeno de los selfies oscila entre una necesidad de autoafirmación de la apariencia y un reconstituyente para la baja autoestima.

Joan Fontcuberta apunta, a mayores, el detalle de que en los selfies prevalece más una voluntad de comunicación que el propio recuerdo. Los selfies forman parte de los nuevos juegos de seducción y rituales de comunicación en las subculturas urbanas postfotográficas -cada vez menos gente lleva una cámara de fotos y se las apaña con un smartphone-. Los selfies no recogen recuerdos para guardar sino mensajes para enviar e intercambiar.

Aún con todo, prefiero un buen selfie a un empacho de amaneceres y gatitos.