El periodismo, y perdonen que no me levante al decirlo, es un oficio lleno de culos y de ombligos. En el periodismo, en vez de salvar al soldado Ryan o al cura Pajares, cada uno salva primero su propio culo para luego, puro onanismo, poder mirarse un buen rato el ombligo.
Pero no solo de culos y ombligos viven las redacciones. De vez en cuando asoman, entre las teclas y los fluorescentes, el corazón y el cerebro, y se produce la colisión de partículas elementales que estallan al chocar la inteligencia y la emoción, la literatura y los hechos. De esa brutal embestida emergen la crónica callejera, el periodismo literario, el columnismo o como se llame ese género impuro, mestizo y heterodoxo que consiste en llenar cajitas de texto no con un texto cualquiera, sino con la palabra exacta y única, la que requiere y relata cada historia, en un sutil juego de pesos y medidas que da a cada voz su lugar preciso en la sinfonía de la narración.
Y, claro, si un periodista con talento, neuronas y agallas, además agarra este género por las solapas y se lo lleva de paseo al borde mismo de la existencia, entonces le sale El mejor peor momento de mi vida, el libro en el que mi compañero de trinchera Nacho Mirás cuenta desde la freidora de la radioterapia su día a día contra el cáncer. Nace de su blog rabudo.com y es esa mezcla salvaje de crónica y dietario que Mirás y otros compañeros de generación han convertido en el oro puro del nuevo periodismo (en realidad, es el viejo periodismo de contar cruda pero hermosamente las cosas).
«Pocas veces un periodista de raza se ha llevado la libreta al fondo de la raza misma», ha apuntado Jabois sobre Mirás. Y allá vamos todos, con Nacho y su libreta.