Nada como celebrar la vuelta al trabajo con una botella de champán bien fría. Hoy volver a un trabajo no es asunto baladí. Y el champán ayuda a ver la realidad con otro enfoque. Al champán le han llamado de todo. Oro líquido, por ejemplo. Pero tal vez la mejor definición la haya dado quien lo inventó, casi sin querer. Fue un monje, nada menos que el abad Dom Perignon (les sonará el nombre), el que dio con el prodigio y al probarlo no dudó en llamar a gritos a sus compañeros de la abadía de Hautvillers para explicarles el milagro. Les dijo algo así como: «Probad esta maravilla. Es como beberse las estrellas». Frase afortunada como pocas, que recuerdo sin utilizar el fatídico tecleo en el Google. En efecto, sorbo tras sorbo de champagne, parece que te estés bebiendo una galaxia entera. Es, sin duda, una de las grandes bebidas del planeta y, como todas, la mejor manera de disfrutarla, es con moderación. Otra leyenda sobre el champagne. En realidad, sobre la copa con la que los franceses la beben y que recuerda en su forma a la copa de un sujetador. Y es así, porque el molde que en teoría se usó fue el pecho de una mujer. Para algunos fue María Antonieta, para otros la mujer de otro rey. Y los hay que creen nada menos que la copa tiene el tamaño justo del pecho de Elena de Troya, y hasta se puede comprobar en el templo de Rodas.