Un grito en la noche


Se han escrito muchas frases bellas sobre la ancianidad. Libros enteros. Sin embargo, los hechos desdicen nuestras palabras. Y lo que debía ser la edad dorada en el ciclo vital de una persona se convierte con frecuencia en una etapa triste, problemática y angustiosa. Porque falta el acompañamiento cariñoso y cercano; y porque, cuando la fragilidad se intensifica y aumenta la necesidad de cuidados, la sociedad se muestra cicatera y mezquina. Parecía que la Ley de la Dependencia marcaba un antes y un después. Simplemente lo parecía.

No seré yo quien discuta que el Estado de bienestar tiene un objetivo redistributivo, haciendo realidad la vieja máxima «de cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades». Lo cual implica pagar los impuestos y recibir las prestaciones que marque nuestra situación económica y obliga a orientar el gasto hacia las personas realmente necesitadas y a exigir la plena responsabilidad patrimonial de aquellas otras con recursos propios para subvenir a sus necesidades («os que veñan atrás, que sachen»: el patrimonio es del viejo, no de sus herederos). Pero hay que hacerlo de una manera realista y justa. Por eso no puedo aceptar como bueno el cambio que se está produciendo en la aplicación de la Ley de la Dependencia.

¿Qué significa que la persona tenga unas fincas o un piso en la actual coyuntura económica del país? Porque ese suele el patrimonio de nuestros mayores, no nos llamemos a engaño. ¿Va a poder convertir rápidamente esas propiedades en dinero para hacer frente ya a los gastos del geriátrico en el que lleva años viviendo? Lo dudo; y de conseguirlo, malvendiendo, seguro. Hubiera sido mucho mejor, por ejemplo, introducir la figura del «reconocimiento de deuda», cuyo cobro se haría al fallecimiento de la persona sobre la masa hereditaria, con prohibición -lógicamente- de la disposición de dichos bienes para garantizar la viabilidad del cobro.

En cualquier caso, la Xunta no puede excusarse en que la medida viene de Madrid. Porque para eso existe la autonomía, digo yo. De lo contrario, presidente Feijoo, los gallegos no se van a creer que gracias a su acción de Gobierno aquí la crisis se ha vivido de manera diferente.

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Un grito en la noche