El corazón del verano


De quince a quince aseguraban que eran los mejores días del verano. El corazón del estío se ubicaba en el período que iba de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, al ecuador de agosto, que coincidía con la Virgen agosteña. La leyenda de los veranos plácidos y amables, en los que los dos meses eran infinitos, alargando perezosamente la proclamación de la noche.

Mis recuerdos son de veranos con un cielo nocturno plagado de constelaciones, que iba dibujando el mapa imaginario de las estrellas, que se poblaban de fantasías en las cartografías de Sirio, Andrómeda o Betelgeuse, donde solo diseñamos el carro de la Osa Mayor y el camino tintineante de la Vía Láctea.

En Galicia, las noches de los veranos son nocturnos chopinianos, con la indolencia de un viejo balneario reflejado en el paseo despacioso o en la copa helada de un gin tonic.

Y cuando llega la noche de San Lorenzo las perseidas hacen guiños estrellados y la constelación de las estrellas fugaces hace que lluevan las lágrimas mágicas, derramando deseos imposibles sobre la tierra y sobre la mar.

Esta melancolía de vísperas me dicta la manera de escribir esta columna, que tiene mucho de festiva en su pretensión veraniega. Escucho en la distancia la proximidad de las bombas de palenque atronando los valles y anunciando, a la hora en que esto escribo, la sesión vermú en el campo de la fiesta. Ya ha salido la procesión festoneando el atrio y, como en una partitura, sigo los primeros compases, volviendo al texto de Cesare Pavese, que contó su particular verano en una deliciosa novela.

Aquí, frente al ordenador, puedo oler el aroma de agosto, mirar cómo navegan las olas, agonizando en la orilla de una playa, ver los colores encendidos que nos trajo la estación más esperada, sentir los latidos del corazón del verano.

Agosto es un espejismo, o acaso un estado de ánimo, es la cita y el abrazo, la alegría del encuentro y un coro de adioses al mudar el calendario. Es la mesa grande y los amigos, un incierto volver a empezar la rutina de los días grandes. Si no existiera, habría sin duda que inventarlo.

Celebro el verano en Galicia deambulando con mi personal hatillo de sentimientos encontrados, contradictorios, paseando la memoria por las rúas de mi querido pueblo, devolviendo la visita a quien me aguarda. Agosto es también el corazón civil y festivo de Viveiro, mi literaturizado Vilaponte.

Acudo, como cada año, en un sentimental peregrinaje a un país de deja-vus, del que no quiero ausencias, porque si no estoy me falta el aire, como en un poema antiguo en el que la estrofas son las sístoles y las diástoles del corazón del verano.

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