El norte. Una carretera entre bosques infinitos. Colcha verde bajo el sol, tinta para las páginas de Henry David Thoreau y Walt Whitman. Carbón bajo la noche, combustible oscuro que arde en los hornos literarios de Stephen King y John Connolly. Millas y millas sin McDonald?s ni escaparates. El hombre es una vaga excepción. Un camino. Un pueblo de cuatro casas. Una pradera segada. Una iglesia. En el condado de Aroostook, un joven amish saluda desde el arcén mientras transporta sobre un ingenio con ruedecillas dos bidones de leche. Otro conduce un carruaje. Más allá, la costa es belleza hecha jirones, hilvanada por marismas, ríos y puentes. Allí se quedó a vivir sus últimos años Marguerite Yourcenar. En el Bagaduce Lunch, Brooksville, el señor Colby, con corbata de misa de domingo, se lleva su comida a casa. Es langosta, pero sin ceremonias. Se devora con un panecillo de sándwich o de perrito caliente. Hace dos siglos se prohibió servirla a los presidiarios más de dos veces por semana porque se consideraba inhumano. En el turístico Candem, una librería-café dedica una estantería al mar. Faros de Maine, La isla del tesoro, Moby Dick... Ofrecen descuentos a todo aquel que llegue con una idea inimaginable antes del desayuno. Puede que alguien dijera: «Gobernará otro Bush». No muy lejos, en Kennebunkport, un lugar de postal, está la Bush Compound, el complejo de veraneo de la familia de los dos expresidentes. El espacio aéreo está protegido. Pero los coches se paran. El saliente que corta el mar y su mansión quedan inmortalizados en móviles y cámaras. En el pueblo, jóvenes de familia bien pasean su bronceado nada casual. No se refería a ellos John Irving con su Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.