Hay libros que parecen en estado de gracia. Los extraños, de Vicente Valero, es una de esas joyas pulidas hasta el asombro. Vicente Valero es poeta de consolidado prestigio. Y ahora hace su primera inmersión en la prosa de manera admirable. Escribe apenas cuatro relatos titulados Los extraños, en los que narra la vida de cuatro familiares suyos. Son cuatro piezas arqueológicas, casi trabajos submarinos, porque Valero recupera con dificultad recuerdos de su familia para hilar las biografías de esos parientes que todos tenemos y de los que muchas veces hemos oído hablar de puertas adentro. Personajes que conforman auténticas leyendas caseras. En todas las familias los hay. Tíos remotos, o tíos abuelos, cuyas anécdotas coronan las mejores reuniones en torno a una mesa, pero de los que apenas hay a veces más que una foto o una postal a blanco y negro. Valero es ibicenco. Y nos habla de una Ibiza de la España remota, de la Ibiza de sus abuelos y bisabuelos. Los cuatro retratos son magistrales. Hay un militar africanista. Hay un ajedrecista profesional. Hay un bailarín. Y hay un comandante de la Segunda República. Pero sobre todo la forma de contar es delicada, como huellas en la arena. El texto sobre el ajedrecista profesional es inolvidable. Obliga a releerlo para saborearlo en toda su profundidad. Una gozada este Valero, que remite a aquel prodigioso Méndez de Los girasoles ciegos.