La integración y cohesión territorial es una falacia cuando las herramientas creadas para lograrlo son inaccesibles. Si usted es usuario frecuente de la autopista sabrá de qué estamos hablando. La vía de alta capacidad que conecta Galicia de norte a sur, desde Ferrol hasta Tui, es, junto a otros factores naturalmente, una de las infraestructuras que han contribuido a transformar Galicia en las última décadas. Con algunos daños colaterales, pero sin duda con una influencia enorme en el desarrollo económico de la franja costera. El problema es que el disparatado coste para los usuarios puede acabar por convertirla más en un obstáculo que en una plataforma de despegue.
Veamos. El peaje nunca fue barato, pero desde que comenzó la crisis se ha disparado un 28 % en el trayecto entre A Coruña y Vigo, los dos principales focos de actividad económica. Pero, aún peor, hacer el viaje entre A Coruña y Ferrol es ahora un 43 % más caro que hace seis años. Las dos ciudades del norte son polos de lo que es casi una conurbación en la que se genera la mitad del PIB de Galicia. Trabajadores, autónomos, empresas y estudiantes son, cada vez con mayor asiduidad, residentes y usuarios de servicios situados en uno u otro punto de ese eje.
El coste de uso de la autopista para una persona que, por ejemplo, viva en A Coruña y trabaje en Ferrol y deba desplazarse una media de 21 días al mes es, entre gasolina y peaje, el equivalente a la mitad del salario mínimo. Inviable. Casi tanto como las alternativas de la carretera convencional (más tiempo, más riesgo...) o el tren, con viajes de 50 kilómetros que duran casi el doble que el trayecto entre A Coruña y Ourense. Es evidente que así no se vertebra, y hacerlo no es decisión empresarial, sino política.