Como tituló uno de sus libros, James Salter está a Años luz del pelotón de escritores norteamericanos. Todos lo adoran. No hay artista que no lo haya comparado con Shakespeare o con Monet. Y es que Salter hace verdad eso de que es posible pintar al escribir. James Salter llevaba treinta años sin escribir y ahora ha publicado, con 85 años, una novela que ha asombrado a medio mundo. Se titula Todo lo que hay y en ella están dos de sus mundos: el de ex combatiente en la Segunda Guerra Mundial, en el arranque, y el de los libros y los editores en el Nueva York de la posguerra. Encima, como el vino, Salter ha envejecido con una clase espectacular. Sigue escribiendo con juegos y fuegos de artificio, pero ahora la medición que hace de sus cometas es más comedida y resulta más exacta. Está en la novela el amor, el desengaño, la venganza, todo vivido y revivido. Salter dice que apenas imagina. Que solo cambia detalles, pero que lo que le gusta es recordar y escribir lo que fue. Dice que es una manera de intentar que el tiempo no se vaya. «No dejes que me convierta en un borracho», dice uno de los personajes. Salter nos habla del latido bestial y hermoso de la vida y de la factura de la tristeza. Los diálogos de sus fiestas y de sus relaciones son un tiroteo fino, en el que la sutileza y el ingenio se mezclan como en un combinado mundano de veneno y camaradería. Qué bueno que Salter haya decidido volver a tocar su viejo piano en el que los hombres, a veces, salen a pasear de noche al fracasado crepúsculo de Nueva York. Deseamos lo que queremos, pero ¿queremos lo que habíamos deseado cuando lo tenemos?