No a las guerras


¿Por qué existen las guerras? Después de tantos siglos deberíamos tener la suficiente experiencia para reconocer su maldad y evitarla. Parece que no, si echamos una ojeada a lo que está ocurriendo ahora. Existe un empecinamiento que induce a pensar que tiene que ver con la condición humana y su capacidad de actuar torcidamente. Las ha habido por la ambición de extender el poder político. Qué otra explicación puede darse a la nada romántica de 1914. Y la guerra genera nuevos conflictos. Se rehízo un nuevo mapa de Europa, cuyo artificio se ha manifestado recientemente en Ucrania. La tensión acaba de estallar de nuevo en el Oriente Próximo, que para millones de personas es Tierra Santa. Un incidente reprobable, que podría afrontarse de un modo civilizado, ha terminado en una confrontación bélica desigual: cohetes palestinos, interceptados o no, lanzados sobre el territorio israelí contra el bombardeo continuado de Gaza. Ha dominado el «ojo por ojo» de la ley antigua, aplicado por el más fuerte. La última llamada del papa Francisco a la paz, refrendada por la plegaria común con representantes de las religiones judía y musulmana, parece una palabra predicada en el desierto. Como si alguien quisiera ahogar la esperanza de una convivencia en paz.

La inestabilidad, en el lenguaje políticamente correcto, de otras zonas del planeta, es noticia de actualidad. Se sobreponen unas a otras y nos dan la impresión de que las transitoriamente relegadas han quedado resueltas, hasta que nuevos hechos las hacen reaparecer. Casos típicos son los de Irak o Afganistán, que ponen a prueba las razones esgrimidas para iniciar una actuación de guerra y dejan también a la intemperie la decisión de darla por terminada. El atentado del 11-S fue el pretexto. Lo que ha quedado es el enfrentamiento preexistente entre chiíes y suníes y kurdos o la continuidad de un statu quo con los talibanes. En Siria, miles de personas muertas y de desplazadas son el resultado de una real guerra civil de la que el mundo civilizado se ha desentendido salvo acciones humanitarias insuficientes. No es preciso completar el cuadro tenebrista, pero no sería completo si no reclamara la atención una pincelada: que en esos y otros sucesos, como en África, los cristianos resultan ser terceros damnificados.

Esas guerras nos sobrepasan. Podemos mostrar repulsa o desaprobación como ahora estoy haciendo. Hay otras, no tan clamorosas e innegables como las descritas, que nos conciernen directamente. En el fondo de las guerras se encuentran actitudes que se localizan en el comportamiento de las personas, individualmente responsables. Son manifestaciones diversas del odio, de la intolerancia, de la incomprensión, del prejuicio, de la «demonización», que convierte al otro en enemigo o apestado social, del desprecio, del avasallamiento por quien tiene poder. También a este tipo de guerras, digo no.

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