El tren llegando a Angrois


Se acerca el peor, el más triste aniversario de la historia moderna de Galicia. El día en el que un tren se convirtió en pesadilla para siempre, dejando 79 muertos sobre las vías. Pronto Galicia volverá a rendir tributo a las víctimas, y a sus familias, y a quienes las consolaron, y a quienes, en un acto de generosidad que traspasó todas las fronteras, evitaron que la cuenta aumentase. La Xunta ha tenido un buen gesto distinguiéndolos con la Medalla de Ouro, pero este gesto no ha gustado a todos, y eso hay que respetarlo. La Xunta puede, y debe, tener más gestos. Porque se acerca el día en que Galicia volverá a gritar ¿por qué?, ese por qué que todos los minutos de todas las horas de todos los días desde hace un año golpea a quienes perdieron a sus seres queridos. Porque es imposible volver atrás, a diez minutos antes de la curva. El tiempo justo para gritarle al maquinista: ¡Reduce la velocidad! ¿Por qué todo se fió a la infalibilidad de un ser humano, si el hombre no para de fallar?, ¿por qué se cambió el proyecto?, ¿por qué no se tomaron en serio los riesgos?, ¿por qué ese desprecio de ADIF, con sus silencios? Cuántas veces hemos imaginado que el maquinista hacía bien la curva y entraba en Santiago, y todo el mundo disfrutaba de la vida. Pero es inútil. No hay marcha atrás. No se puede cambiar el pasado. Solo se puede cambiar el futuro: se puede hacer justicia, y en eso tiene que estar la Justicia. Y se pueden exigir responsabilidades, y depurarse, y en eso no está nadie. La Xunta y el Gobierno deberían estar a la cabeza de esa exigencia. Por las víctimas. Por ese día en que el tren estaba llegando a Angrois, a unos minutos de Santiago, la víspera del que tenía que ser el día grande de Galicia. Y fue un horror.

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