El vapor. Solo hay verano si hay vapor. Necesitamos veranos con vapor. Los que aman el verano necesitan arder, sudar, consumirse en la hoguera del sol. Con precaución, pero disfrutándolo. Un verano sin sentir cómo aprieta el calor es menos verano. Es un cohete sin pólvora. Es algo a medias. Y todo lo que queda a medias termina por pudrirse. En Ourense, nuestra provincia más próxima a las calderas del Hades, saben bien de lo que hablo. El verano de las calles que se derriten a las tres. El verano del asfalto que parece espejismo en el horizonte de las tres y media. El verano, cuando el mercurio se dispara de verdad, y hace que las pasiones salten también en su medio natural, que no es otro que el de la locura, lejos de los cilicios del rigor. Con todos los cuidados para mayores y niños, que pueden sufrir daño, no hay mejor verano que el que te hace beber y soñar. Después de un invierno con el telón de las lluvias, nada como una obra de teatro de verano como las de Tennessee Williams, donde arden las palabras con el vapor del calor auténtico. Donde las miradas son capaces de provocar combustión en ojos ajenos y calambres en los propios. Verano de luz, siempre, para que la noche sea más noche.