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Matteo Renzi, o cómo el fin justifica los medios

OPINIÓN

06 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Matteo Renzi llegó a primer ministro sin ganar unas elecciones. Maniobrando contra Bersani, que lo había barrido en las primarias del PD en el 2012. Maniobrando con Berlusconi para hacer una ley electoral bipartidista, como la que quiere Rajoy para las municipales, que permita convertir en mayoría lo que en las urnas no lo es. Maniobrando contra Enrico Letta, elegido primer ministro por la coalición Italia. Bene Comune. Y plantándose en la presidencia del Consejo de Ministros sin ser miembro de la cámara, como Monti. O sea, que si Renzi viviese en España sería considerado un corrupto y un falsario de tomo y lomo, y un representante genuino de «la casta» bipartidista que tortura al país y favorece a los mercados.

Pero, dado que la política hace extraños compañeros de cama, también en España hay mucha gente que saluda la llegada de Renzi a la presidencia del Gobierno de Italia y a la presidencia de turno de la UE. Y aquí también vamos a ver a este angelito, partidario de crecer a toda costa y al servicio de los pobres, haciendo de las suyas. Y es que, siguiendo la línea de su ilustre antecesor Hollande, que aún no se enteró de que la UE es un sistema económico y político que no se puede manejar a capricho y al margen de las mayorías, también Renzi inició su presidencia europea soltándose la melena y proponiendo un plan alternativo, olvidando absolutamente, porque en esto Renzi es un maestro, que la derecha ganó las elecciones europeas del 2014, que la derecha gobierna 17 de los 28 países de la UE (frente a 5 socialistas y a 6 de diversa composición). También olvidó Renzi que el 63 % de los europeos (317 millones) vivimos en países gobernados por la derecha, y que hemos elegido a gobiernos conservadores que administran el 62% del PIB de la Unión.

Pero nada de esto le importa a Renzi, que en vez de representar votos y mayorías, se ha encomendado directamente al alma perdida de la UE. Y quiere gobernar para ella, sin que puedan estorbarle los procesos de creciente homologación que hacen posible el gobierno de la UE, y sin haber aprendido la lección más esencial de la crisis: que crecer endeudándose no es crecer.