Menos mal que llega el verano, que a falta de un poco más de sol y buen tiempo, viene cargado de fiestas, verbenas y festivales. Sesiones se juegos florales para aliviar un poco la pestilencia de las aguas turbias y turbulentas de eso a lo que todos llaman política cuando quieren decir cochambre. Fuegos artificiales para disimular el estruendo de los escándalos que, un día sí y otro también, sangran la democracia.
Pero la pasarela de la Pokémon y los enchufes de Baltar continúan su curso. Y el contable de la empresa de Urdangarin y la infanta canta; eso sí, para ganarse una reducción de pena. Una pena que vengan en pleno estío con estas cosas a deslucir el tiempo reservado para el descuido y la tranquilidad. Para el merecido descanso. El nuestro, porque ellos no descansan. No paran nunca, son insaciables. Poco importa que Bárcenas esté en la cárcel; no es escarmiento. Siempre aparecerá un tesorero, un contable, un coordinador de algo dispuesto a hacer -seguramente a cambio de su buena tajada- esos trabajillos en los que te puedes pillar los dedos.
Los habrá honrados, claro que sí. Y los hay que reivindican sin parar la existencia de los decentes, entre los que se cuentan aunque no se citen, solo faltaba. El caso es que quienes defienden la dignidad de la política no parecen tenerlo siempre tan presente como cuando la inmundicia de otros amenaza con marcharles el traje. Ahora llega el verano y los festejos que con tanto denuedo preparan y nos dedican. Por nada del mundo quisieran que algo los enturbie. El día que los íntegros, además de loar el recto proceder, expulsen a los tramposos, ese día si que habrá fiesta. Lo celebraremos por todo lo alto.