Faltan tres datos para justificar la euforia

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Mientras llega octubre, cuando se empiecen a rescindir los contratos laborales del estío, todo va bien. La España estadística sigue dando alegrías. Se venden coches. La gente empieza a tener confianza y gasta más de lo que ahorra, como en los buenos tiempos. Y ayer, la España oficial estaba radiante por los datos del paro: en junio, cuatro mil personas diarias borradas de las listas. La Seguridad Social suma medio millón de afiliados más desde que empezó a cambiar el ciclo. Hay un nuevo milagro español, que consiste en crear empleo con poco crecimiento. Y el señor Rajoy consiguió ayer uno de los objetivos más soñados: las cifras de paro ya igualan a las de finales del 2011, cuando ocupó La Moncloa. Muy mal se tienen que dar las cosas para que el próximo mes no tenga ya su eslogan que lucirá hasta las elecciones: «Tengo menos parados de los que me dejó Zapatero». Para el Gobierno, decir eso es como comunicar que le ha tocado la lotería. Enhorabuena, presidente.

Al margen de los beneficios políticos, que solo interesan a los ocupantes del poder y a los aspirantes, quiera Dios que no se tuerza nada. Quiéralo Dios porque, si la inmensa mayoría de los contratos son temporales y los indefinidos empiezan a ser una utopía de soñadores, cualquier ventolera de la coyuntura, cualquier crisis importada o cualquier dificultad fabricada en el interior, cualquier tropiezo, nos puede devolver al desolador paro creciente que conocemos. Así que celebremos las buenas nuevas mientras duren, no olvidemos que cuatro millones y medio de personas siguen sin trabajo, confiemos en que efectivamente estamos ante un cambio de signo y dejemos el pesimismo por un día en el desván.

Ahora bien: oigo el lamento de los sindicatos y de la izquierda política, que se niegan a suscribir la euforia. Escucho cómo hablan de precariedad y tengo que preguntar: ¿será verdad que hay tantos contratos a tiempo parcial? ¿Será cierto que se pagan salarios de miseria, incluso por debajo del salario mínimo? ¿Dónde estará la línea que separa la explotación de la dignidad? ¿Hay empleadores que se aprovechan de la necesidad ajena para ofrecer empleos de mísera retribución?

Son graves acusaciones de los sindicatos que necesitan ser documentadas. Y, en todo caso, a la estadística feliz le faltan tres datos: saber si los 122.000 desapuntados en el INEM están trabajando, se han ido de España, se han jubilado, han fallecido o han desistido de buscar empleo; conocer la duración de los contratos, porque si efectivamente son a tiempo parcial, nos están vendiendo un espejismo; y revelar cuáles son los salarios que se pagan. No sea que estemos celebrando la estadística en bruto y estemos creando un nuevo proletariado.