Q uizá sea mezclar la realidad con los deseos, pero, en este momento de zozobra política nacional, creo posible un buen futuro para el PSOE. Y creo en ello, sobre todo, porque Rubalcaba ha hecho una transición impecable, aunque él fuese ciertamente muy zarandeado e incomprendido. Solo un fallo cabe anotar en su trayectoria reciente: no haberse rodeado de unos políticos socialistas mucho más capaces y más estimados por la ciudadanía. Sobre esto caben pocas dudas. Porque lo de la incomprensión quizá no podía haberse desarrollado de otro modo, después de la debacle general zapaterista.
Los candidatos Eduardo Madina y Pedro Sánchez -los más respaldados- no son tan menores o mediocres como algunos pretenden. Son jóvenes, cierto, pero tienen experiencia y madurez política, y conectan con unas generaciones en las que el PSOE ha empezado a perder significancia. Aunque solo sea por esto, debería reinar un optimismo esperanzado en el partido fundado por el histórico y genuino Pablo Iglesias.
Este es un buen momento para mirar hacia atrás y ver en perspectiva lo que ha hecho el PSOE en el posfranquismo, es decir, en la transición política y en la consolidación democrática. Sus obras y su protagonismo están a la vista. Lo peor que podría sucederle ahora es que dejase de parecerse a sí mismo, a lo que ha venido siendo en nuestra democracia. Sería una estúpida forma de empobrecerse y de empobrecernos.
Dicho esto, es verdad que el PSOE debe incorporar más talento en sus filas y dejar caer a esos zánganos que, sin mérito alguno, se han ido encaramando en su aparato y sobreviven a base de repetir un discurso vacío, deslucido y anestesiado. Esta es la revolución que deberá hacer el próximo secretario general, si quiere que el PSOE recupere de veras las posiciones perdidas. Es innegable que ha llegado el momento de renovarse y redimirse con los mejores candidatos. Porque, de no ser así, el partido habría de prepararse para una larga etapa de languidez e impotencia. Esta es la cuestión.