Me contaba mi amigo lo difícil que resulta marcharse a veces de un sitio y en seguida salió otro tema terriblemente español. Otro amigo dice: «Es cierto que marcharse es difícil, pero también es verdad que según se marcha uno empiezan los comentarios sobre él». Es verdad. No falla. En España es habitual que la conversación siempre tenga su punto de mira en el que se ha levantado el primero de una mesa. O el que se marcha más rápido de una reunión. Entonces es cuando se practica una de las costumbres españolas favoritas que es decapitar y poner a parir al que ya no está. Caen de todos los lados. Y de todas las maneras. Se adulteran palabras. Se toman la parte por el todo. Se falsifican recuerdos, pero la rueda en seguida se pone en marcha. El objetivo de la reunión pasa a ser hablar de quien se ha marchado. Hacerle un retrato, a menudo cruel. Y suele suceder que si el dibujo no es cruel es porque el ausente lo está pasando fatal. Otra costumbre nacional es ser falsamente benévolo con el caído. Pero de una manera o de otra el que no está en la charla recibe. Es una clave de este país. Ahora que la gente se ausenta para fumar es muy simpático comprobar como los que fuman le hacen un retrato a los que no, y como los que están dentro sin fumar están despiojando a los que salieron a fumar. No tenemos remedio.