La retirada de un buen español

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

27 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Alfredo Pérez Rubalcaba también abdicó. Abdicó la política y hay algo que nunca sabremos: si lo hizo hastiado, aburrido, cansado, porque consideró cumplida su misión, o simplemente se le acabó el amor a la cosa pública. Quizá se miró a sí mismo y pensó que ya no tiene nada que hacer. En septiembre, a la vuelta de vacaciones, su partido tendrá nuevo secretario general. Él sería un diputado más, referente para gran parte del grupo socialista y multitud de ciudadanos, pero no quiere parecer un vigilante de la nueva dirección ni que lo miren como su conciencia crítica. Se aparta elegantemente, vuelve a su trabajo de siempre y permite que se abra una nueva página del socialismo español.

Si para el presidente del Congreso Rubalcaba es uno de los grandes del parlamentarismo del siglo, para este cronista es uno de los grandes políticos de la democracia. Es cierto que no ha ganado elecciones, pero ayudó a ganarlas, tanto a Felipe González como a Zapatero. Es cierto también que tuvo fama de planificador de maldades, pero es una fama injusta. Lo que importan son sus servicios a este país. Y han sido muchos y algunos históricos. ETA, por ejemplo, dejó de matar cuando él era ministro del Interior. Conviene no olvidarlo, aunque él jamás se atribuyó ese mérito.

En lo demás, es una biografía de lealtades. Supo poner la cara por el socialismo gobernante en etapas de bochorno por el GAL y la corrupción. Moderó su oposición para dejar que otros gobiernos pudieran hacer una política quizá inaceptable para la izquierda, pero necesaria para el país. Y en los grandes momentos, supo estar donde y como tienen que estar los hombres de Estado: en la gran política, en el tendido de puentes, en discursos como el de defensa de la Ley de Abdicación. Me consta que la Corona ha encontrado en Rubalcaba un confidente y un consejero. Es público que ha sido dique de contención ante los juveniles impulsos republicanos. Ha rescatado al socialismo catalán del contagio independentista, no pensando en votos, sino en la unidad nacional. Se retira, en definitiva, un buen español.

Ahora me da miedo su gran partido. No acabo de encontrar en los posibles sucesores un valor que sobresalga sobre su juventud. No estoy seguro de su solidez frente al tirón de una izquierda que se alimenta de populismo. No me consta su aprecio por la estabilidad del Estado. Y alguno de ellos ha sido tan parco en el reconocimiento a su líder, que me hizo pensar que no tiene memoria histórica. Ni siquiera de lo reciente, porque a Rubalcaba deberían agradecerle cómo gobernó el peor PSOE: el PSOE acobardado de su paso por el Gobierno. Y hay que decirlo: Rubalcaba impidió su demolición. Aunque a veces temo que solo la aplazó.