España es fiel a sus vicios y a sus virtudes, como patio de vecinos que es. España es un país de relaciones. De contactos, pero muchas veces con muy poco tacto. Lo nuestro no es el trato exquisito. Lo nuestro es insistir. De la misma manera que somos monarcas en hablar a gritos, un amigo me comenta con razón la extraordinaria habilidad que tenemos para resultar pesados. Mi amigo dice que me fije en la cantidad de ocasiones que las salidas en pandillas siempre terminan con la imposición de que nadie se puede ir. «Tú intentas irte cuando te apetece, porque estás cansado o porque ya lo has pasado lo suficientemente bien o porque te da la gana, y resulta imposible. Aparecen dos o tres amigos que una y otra vez te repiten que ¿cómo te vas a marchar?». Y, con gracia, cuenta la retahíla que sigue: «Tómate otra. No te vayas. Aún es pronto». La insistencia no suele terminar así. Es tremendamente complicado marcharse cuando uno quiere. «A mí me han llevado a seguir, a pillarme del brazo, a llamarme de todo». Así es que una de las mejores maneras de marcharse de la compañía de una pandilla que se ha puesto pelma, es diluirse y no anunciar la desaparición. Así de pesados podemos llegar a ser los españoles.