Nada como los centenarios para que autores que jamás debieron de olvidarse se recuperen. Nada como lo mestizo para descubrir a través de la diferencia la verdad y la belleza. Pocos escritores hay tan distintos, un estilo en sí mismo, como Marguerite Duras, la mujer que, como se dice en su biografía, escribía música con las palabras. Duras experimentaba con la verdad. Duras experimentaba con la vida. Duras experimentaba con la belleza. Una mujer que no dejó indiferente al siglo XX y que debe ser alimento para el caos del siglo XX. Vuelvan a leer El amante o su revisión El amante de la China del Norte. Piérdanse en ese descubrimiento de la sexualidad para encontrarse en lo único que merece la pena: el deseo. Duras lo supo siempre. Siempre apostó por apostar. El conformismo es cloroformo, una tumba. Y en efecto sus textos parecen cantados o hablados. Sus palabras comunican como desde la niebla en una playa de invierno. Sus párrafos son seres humanos heridos que buscan el imposible de sanarse con las brasas de la memoria. Marguerite Duras es una literatura. Aprovechen que está de cumpleaños para disfrutar de ese lenguaje suyo que era un braille de los sentimientos. Lean sus textos y leerán sus corazones.