Quiso el destino, veleidoso y contingente, que la selección de fútbol cediese su corona al mismo tiempo que Juan Carlos I se retiraba al reino de nunca jamás. Hoy se despide del Mundial de Brasil la selección que ha dado todo, dicen los cronistas, a los aficionados. A mí no me ha dado demasiado, en verdad. Con lo que cobran podrían permitirse la licencia de otorgarnos más alegrías y menos oprobios, porque el de Brasil ha sido histórico. Un vilipendio. Si uno anda por el mundo comprende y comprueba los sentimientos de unos y otros. La competición más importante es un mundial. En Alemania viven para ella desde que termina el torneo anterior. En Francia, cuando fue lo de Sudáfrica, hasta el presidente de la República intercedió para resolver conflictos. En toda Hispanoamérica, ni les cuento, de Colombia a Uruguay el mundial es cúspide. Y en la Argentina, júbilo. Aquí hasta molestan los partidos de clasificación que interrumpen la liga. Ella importa. Y la Champions, obviamente. España invertebrada. La bandera ha salido a las calles hace cuatro años, no antes. Se habla del Estado y no de la nación. Decir «español» a algunos les da cierto reparo. Con estos mimbres entenderá usted que los muchachos de la selección sean contingentes y veleidosos, como el destino. España no se siente en el corazón. Y ese es el gran arcano de este país, rey Felipe. El fútbol es una cruel metáfora.