La estupidez y sus leyes

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

22 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

En su opúsculo Las leyes fundamentales de la estupidez humana, el historiador de la Economía Carlo M. Cipolla expone la devastadora tercera ley fundamental o ley de oro: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo un beneficio para sí, o incluso obteniendo una pérdida». Cipolla, fino analista de la condición humana, remacha la faena con su quinta ley -«La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe»- y con su tajante corolario: «El estúpido es más peligroso que el malhechor».

Pero Cipolla, uno de esos sabios de la vieja escuela que ya no se estilan -más que nada porque ya no se llevan ni los sabios ni las escuelas-, no exploró, sin embargo, la fecunda aportación nacional a este insondable campo del saber.

Porque hay al menos dos formas de estupidez puramente autóctonas, que podrían promocionarse sin sonrojo bajo el palio omnipresente de la marca España.

La primera es la formidable (y sin precedentes) capacidad nacional para inventar problemas ficticios a mayores de los reales, que se ve que no son suficientes, que no dan la talla para medir el talento de nuestros brillantes gestores. Porque ya tenemos millones de parados, salarios en los huesos y una ruleta rusa de recortes. ¿Pero qué es todo eso comparado con una buena secesión? Trapalladas.

Hay que reconocer que esta primera forma de estupidez política es, cuando menos, creativa, ya que requiere algo de ingenio ponerse a abrir a deshora los melones que no tocan. Porque el segundo gran hallazgo español en el I+D+i de la estupidez es menos vistoso. Se trata, claro, del arte del inmovilismo, que se cultiva desde tiempo inmemorial. ¿Que surgen problemas? Fórmula magistral del inmovilista: se dejan secar al sol, como el congrio, y listo. Solo hay que sentarse y esperar a que los problemas se resuelvan solos (o se pudran).

Claro que todo esto apenas es nada si pensamos en la altura que puede alcanzar la estupidez en el aplausómetro de Cipolla cuando sobre el terreno de juego echan un pulso el creador de problemas inexistentes y el gurú del inmovilismo. Eso es lo que en el Lejano Oeste llamaban un duelo de titanes. Y entonces solo vale ponerse a cubierto bajo el piano.