Después de cientos de días de estudios y cálculos de oportunidad, el Gobierno aprobó su reforma fiscal. Dicho de otro modo, el señor Rajoy se animó a cumplir su promesa electoral, pero de forma limitada: euro arriba o euro abajo, se trata de devolver los impuestos al lugar donde estaban cuando ganó las elecciones. Y no hay que andarse con remilgos: estamos ante una rebaja muy interesante y dice el refrán que a caballo regalado no se le mira el diente. Los únicos disgustados son el Partido Socialista, al que quitan un argumento electoral, y algunos economistas siempre dispuestos a la gresca, que entienden que las cuentas públicas no salen si se deja de ingresar.
Diré de entrada, y mientras se conocen los detalles, que la nueva política fiscal suena bien. Suena tan bien, que es posible perdonarle a Montoro aquella sorna ministerial con que nos amenazó sacando colmillos de Drácula: «Hay que pagar». Ayer, al final del Consejo de Ministros, parecía otra persona. Presentaba unos papeles que hablaban de una rebaja media del 12,50 por ciento para todos los contribuyentes en el año 2016. Para desesperación de los socialistas, parecía un socialdemócrata que presumía de bajar los impuestos a las rentas bajas y medias. Las rentas inferiores a 24.000 euros tendrán una rebaja media del 23,5 por ciento. Y el colmo de la dicha que nos promete el ministro es que todos tendremos más dinero en el bolsillo cada mes, podremos comprar o ahorrar mucho más y, en consecuencia, seremos más felices. Si Miguel Ángel Rodríguez siguiera siendo ahora portavoz del Gobierno, volvería a calificar su política como «de centro izquierda».
Veremos si todo es risueño como nos dicen. Habrá que estudiar la letra pequeña para comprobar si nos quitan con una mano lo que nos regalan con la otra. Me sorprende que el ministro no haya podido decir cuánto deja de ingresar el Estado, porque si lo sabe y no lo confiesa, es que no es tanto como predica; pero si no lo sabe de verdad, es que en Hacienda son poco responsables, porque se lanzan a una reforma sin conocer sus efectos. Y sorprende también lo último que se dice en el esquema presentado a la prensa: «La rebaja fiscal global dará lugar a un aumento del PIB del 0,55 por ciento en 2015-2016». Poco crecimiento parece, pero todavía sugiere otra sospecha: si es cierto que con menos impuestos sube el producto interior, ¿por qué no adelantan la reforma a este mismo 2014 y así salimos antes de la crisis y creamos antes empleo?
Comprendo que esta pregunta solo la puede hacer un indocumentado en ciencia fiscal. Pero prefiero quedarme con las dudas económicas antes que decir que esta no es una reforma fiscal, sino una reforma electoral. Que también puede ser.