Los mejores años de nuestra vida

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

20 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Basta comparar la imagen tétrica de las Cortes franquistas ante las que Juan Carlos I fue proclamado rey de España y la alegre y normal de las Cortes Generales democráticas que recibieron ayer el juramento de Felipe VI como nuevo jefe del Estado, para captar la inmensa distancia que, a favor del actual, existe entre aquel país y este país. En un discurso sencillamente impecable lo dijo con toda claridad el nuevo rey: los transcurridos desde entonces han sido «los mejores años de nuestra historia contemporánea».

La grave crisis que sufrimos y la más terrible de sus lacras -el paro de varios millones de personas-, han oscurecido momentánea, aunque inevitablemente, esa verdad: que, se mire por donde se mire, y pese a las muchas cosas que hay que reformar, todo es mejor hoy que cuando se produjo la restauración monárquica en España. Hoy gozamos de concordia civil, de un Estado democrático y de derecho que entonces no existía, de un sistema de bienestar que a la altura de 1977 nadie podía siquiera imaginar y de un modelo de reconocimiento de nuestra pluralidad territorial que resiste la comparación con cualquiera de los existentes en el mundo.

La sanidad, la educación, las infraestructuras, la calidad de vida en pueblos y ciudades, la igualdad entre hombres y mujeres, todo ha progresado de una forma tan espectacular e incontestable, que solo el túnel oscuro en que nos ha metido una crisis despiadada impide ver a millones de españoles, sobre todo a los más jóvenes, lo que cualquier extranjero constata sin ningún género de dudas: que España ha experimentado en cuatro décadas no solo un cambio superior a todos los que se habían producido previamente a lo largo de su historia, sino que es difícil encontrar un país que haya vivido en Europa un proceso de modernización política, económica, social y cultural tan acelerado y positivo.

Solo los monárquicos más obtusos pensarán, claro, que esa modernización se debe solo o fundamentalmente al papel jugado por el rey Juan Carlos en los cuarenta últimos años. Pero solo los republicanos más recalcitrantes negarán al rey que anteayer dejó de serlo el impulso inicial que permitió un cambio de país para el que el propio rey jamás fue luego un obstáculo, sino todo lo contrario.

Con la monarquía parlamentaria de la Constitución de 1978 le ha ido a España mejor que con cualquiera de las previas monarquías o repúblicas. Esa es la pura y desnuda realidad.

Felipe VI tiene ahora ante sí el desafío de ser un monarca renovado para un tiempo nuevo, por decirlo con sus propias palabras. Será suficiente para ello con que cumpla sus funciones con el acierto de su padre, que ha sabido estar siempre en su sitio, y que evite sus errores en el ámbito privado, es decir, los que han hecho necesaria la sustitución que ayer tuvo lugar en la jefatura del Estado. Desde aquí le deseamos, por el bien de todos, mucha suerte.