Estados Unidos es una gigantesca amalgama. Un sustrato en el que se ha comprimido la historia reciente y del que germinan brotes curiosos. De esa síntesis nace un nombre que podría figurar en el imaginario de cualquier escritor que se precie en inventar hasta su propia geografía. Texarkana sería digna de un Gabriel García Márquez norteño que buscara un nuevo Macondo. La pequeña ciudad, de 66.000 habitantes, tiene su lugar reservado en el mapa imposible de una canción de The Beach Boys, que la sitúan a diez millas de Luisiana. Da la sensación de que Texarkana podría estar donde uno quisiera. No muy lejos de El Paso. O un poco más allá de Búfalo. Pero, en realidad, Texarkana está atravesada por la frontera que separa Texas y Arkansas. Lo que ha unido un nombre siempre pueden separarlo las leyes. En el 2012, la Corte Suprema decidió que cada Estado era libre de aplicar el programa federal de asistencia médica gratuita, el Medicaid. Arkansas lo suscribió. Y Texas no. The New York Times retrata en un reportaje la división que genera la sentencia, escenificada en Texarkana como en ningún sitio. El periódico cuenta que allí tienen dos departamentos de bomberos, policía diferenciada y dos alcaldes distintos. Las personas son el puente que conduce a orillas iguales. Habitantes de clase media baja que trabajan en hospitales, en grandes centros comerciales, en granjas de pollos... De momento, la Sanidad pública no produce un efecto llamada. Tantos años demonizando al Gobierno y amenazando con el comunismo hospitalario dan sus frutos. Mejor la miseria conocida. El próximo otoño, los Tigres de Texas volverán a jugar contra los Jabalíes de Arkansas. La vida seguirá. O no. Dependerá del lado en el que caiga.