Tercer acto del esperpento compostelano

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

11 jun 2014 . Actualizado a las 13:12 h.

Allá por el año jubilar de 1773, vacante la sede arzobispal compostelana -monseñor Rajoy había muerto, Bocanegra aún no había llegado-, una real cédula del Consejo de Castilla estipulaba «que no haya en Santiago, durante el Año Santo, óperas, comedias ni fuegos artificiales». A la ciudad, añadía el órgano de gobierno de la monarquía absolutista, «solo permitimos y le concedemos facultad para que pueda tener una corrida de toros». Los espectáculos, incluida la fiesta taurina, se celebraban entonces -al igual que ahora- en la plaza del Hospital, un recinto donde se encaran desde sus corazas pétreas los cuatro poderes tradicionales de Compostela: iglesia, monarquía, municipio y universidad.

Casi dos siglos y medio después, los tiempos mudaron, las costumbres licenciosas se han impuesto y en aquella plaza -hoy llamada del Obradoiro- se representan comedias, óperas bufas e incluso esperpentos, género inventado por un gallego universal para retratar con precisión las malformaciones del país que le tocó vivir. Con una particularidad: los poderes que antaño reprimían los desmadres populares, ahora forman parte del elenco y asumen papeles destacados. Así presenciamos en su día, con exultante regocijo, la historia del electricista que, harto de cambiar bujías y de sisar impunemente las limosnas del cepillo catedralicio, se propuso metas más ambiciosas y hurtó la joya mayor: el Códice Calixtino que custodiaba celosamente su amigo el deán. Rematada esa función, y tras un sencillo cambio de escenario y de actores, asistimos desde hace tres años al esperpento que se representa en el pazo de enfrente.

Nada menos que tres alcaldes, dos amortizados y uno por venir, protagonizan la nueva farsa. Aborda el viejo y siempre actual tema de la corrupción, pero mediante un argumento original, aderezado con diálogos chuscos y sonrojantes, que no tiene desperdicio. El primer acto arranca con un edil que, parapetado tras el volante de su automóvil, duerme la mona frente a un semáforo que cambia de color inútilmente; y culmina con el primer manotazo de la justicia, que aplasta a un alcalde-defraudador y aventa su equipo de fontaneros. El segundo acto versa sobre un alcalde-numantino, doblemente imputado, que levanta empalizadas defensivas ante el asedio de las togas, mientras a su alrededor se desploman, abatidas por los arcabuces de los jueces, sus últimas huestes. Un alcalde que, en vez de adoptar la vieira peregrina como sugería su «pasión compostelana», se aferra como una lapa al bastón de mando.

Se levanta el telón y da comienzo el tercer acto. Todavía no ha sido escrito, pero el público mantiene la expectación. Solo sabemos que lo protagonizará un alcalde-exconselleiro y que, aprovechando un subterfugio legal, habrá sobre el proscenio nuevos personajes que comparten una característica común: no han sufrido el engorro de las urnas.

Aún a falta del desenlace, lo visto hasta ahora permite establecer sendas moralejas. La obra muestra la aceleración de la historia en estos tiempos menesterosos: dos alcaldes -sensatos, pero aburridos- en 27 años y tres alcaldes -efímeros, pero joviales- en tres años. Y prueba también cuánto se puede equivocar el pueblo soberano: los vecinos se garantizaron la diversión que el Consejo de Castilla les negaba siglos atrás, pero olvidaron la componente trágica de todo esperpento.