Ni con toda la expectación que ha levantado la abdicación del rey y la necesidad de resolver en unos días lo que no se hizo en 39 años para la proclamación del heredero, ha ocultado el nerviosismo de los partidos por la irrupción de un experimento político como es, al menos hasta ahora, Podemos.
No cesan las interpretaciones, las explicaciones ni tampoco las descalificaciones de un proyecto que lo va a tener muy difícil para convertirse en organización viable, pero ha servido de espejo deformado en el que los partidos tradicionales se ven reflejados y con algunos de sus principales defectos al aire y aumentados.
Quizá es que resolver lo que no han resuelto en 39 años los tiene muy ocupados, pero no se han visto hasta ahora pasos concretos para evitar que la próxima vez que los ciudadanos vayan a votar les den un repaso aun mayor.
Hay un acuerdo prácticamente general en que Podemos ha puesto en evidencia el malestar ciudadano contra los grandes partidos. Pero también ha demostrado que se puede lograr más de un millón de votos sin un enorme aparato partidario dotado de sueldos, sobresueldos, financiaciones más que dudosas y profesionales que no han trabajado en otra cosa en su vida. Y que tampoco hacen falta campañas electorales costosísimas casi permanentes que tienen a sus líderes en un constante ir y venir para arengar a los fieles y machacar las cuatro ideas del argumentario de turno. Aparatos y campañas que generan elevadas deudas, créditos bancarios y dudosas condonaciones.
Hemos escuchado interpretaciones, descalificaciones y explicaciones. Pero ni una medida que ponga remedio a los defectos que los grandes partidos parecen empeñados en no querer ver.