Papá, voume


Treinta años. Bilingüe, con un perfecto dominio del inglés, licenciado en Biología, máster en Análisis molecular por una universidad británica. Becario en Compostela con un proyecto ambicioso, que se quedó sin fondos al comienzo del 2013 por los recortes en investigación que «expulsaron» de la universidad a un centenar de investigadores.

Catorce meses en el paro. Seis de ellos trabajando de camarero en un pub de Lanzarote durante la campaña turística de invierno. B. F. no quiere ser una carga económica para su familia. Su padre es pensionista por una invalidez parcial que le impide trabajar. Tiene otro hermano que no pasó de COU y trabaja en una fábrica de molinos eólicos. Al igual que él, vive bajo el techo familiar.

B. tiene una novia licenciada en Derecho que prepara oposiciones que no han sido convocadas. Todos sus proyectos personales se han ido al garete -alquilar una casa, vivir juntos, tal vez casarse, fundar una familia-, han sido aplazados. También los sueños de un joven investigador que había encontrado en la ciencia respuestas a muchas preguntas.

Lleva tres meses en el pueblo, en el hogar familiar, pero B. se dice a sí mismo que de este verano no pasa, que está perdiendo el tiempo, que tiene un amigo que trabaja en Noruega, donde son muy apreciados los jóvenes investigadores españoles, y que precisan biólogos para estudios marinos y medioambientales, que los países escandinavos son muy serios y que aquí no hay nada que hacer.

Piensa B., mientas pasea por la orilla del mar, en el desprecio indisimulado de nuestros gobernantes por la ciencia, por la cultura. Y mientras cavila, viene a su cabeza el trágico destino de los gallegos condenados secularmente a buscarse la vida lejos de los lugares donde ha nacido, rememora a familiares, a amigos de sus padres que tuvieron que emigrar, en muchos casos para no retornar nunca, a los países americanos primero, a Cuba, Argentina o Venezuela, para algunos años después inventar el milagro español desde Alemania, Francia o Suiza, enviando remesas de divisas que fueron decisivas para levantar el país. Un velo de melancolía enturbia su mirada, en la que se posa una brizna azul de tristeza, mientras silba nostálgico una canción antigua que regresa de la infancia.

B. está decidido. A la hora de cenar, cuando estén sentados a la mesa, hablará con sus padres. Su novia está de acuerdo con que emprenda el camino que lo lleve a Noruega. Vete tú primero, le dijo este mediodía, a modo de despedida, añadiendo que ella iría después.

A las nueve de la noche, cuando las estrellas de junio estaban todavía ocultas en el desván del firmamento, B. les dijo a sus padres: «Papá, mamá, eu voume», para contarles que dentro de una semana iba a intentar la aventura noruega, en la seguridad de encontrar un trabajo acorde con su formación académica.

Noventa y seis mil jóvenes gallegos de entre 18 y 32 años han dejado Galicia en los últimos cinco años. Sin comentarios.

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