Había mucha gente en la Puerta del Sol. Estaba abarrotada y se calcula que en esa plaza de tantas resonancias republicanas caben más de veinte mil personas. Había bastante gente en otras plazas de España, lo cual induce a pensar que el cambio de titular de la Corona fue protestado el primer día por unas cien mil personas en todo el país. Naturalmente, no son ni la vigésima parte de los republicanos que hay en España. Lo que ocurre es que, vistas las fotografías, parecen una inmensa multitud. E incluso se puede decir más: la comparación de los documentos gráficos sugiere que el 2 de junio del 2014 había más gente en la Puerta del Sol que el 14 de abril de 1931, cuando se proclamó la II República.
En todo caso, ha sido un ejercicio de libertad de expresión, caracterizado por un ambiente festivo, cachondo si me lo permiten, sin violencia y, por supuesto, reivindicativo. Entre los testimonios escuchados destacan los que quieren república ya y los que propugnan un referendo. «Los Borbones a las elecciones» ha sido uno de los gritos de fortuna. Después, cuando las televisiones sacan las cámaras a la calle, se puede comprobar que la idea de someter la monarquía a referendo ha calado en bastantes sectores de la sociedad. Y seguirá calando, porque tiene un modelo a imitar: el «derecho a decidir» de tanta fortuna en Cataluña y que también empieza a ser seguida en el País Vasco.
Ante todo ello, entiendo que hay que hacer un par de anotaciones. La primera y elemental es advertir del riesgo de esa corriente de opinión. En la medida en que la democracia se identifica con el derecho a votar, tenemos un factor inquietante por su simplificación, pero también por su eficacia. He aquí la consecuencia del déficit educativo en este país. Por timidez, por falso pudor o por falso entendimiento de Educación para la Ciudadanía, no hubo una asignatura que explicase la monarquía, ni sus servicios, ni su utilidad en una sociedad moderna. Esa será la principal desprotección de Felipe VI.
Y la segunda, la forma de reclamar la república. Es natural que ante el proceso sucesorio se desaten las reivindicaciones en la calle. Y será natural que las manifestaciones se prolonguen e intensifiquen hasta el momento de la proclamación del nuevo rey. Supongo que el Gobierno, a quien corresponde gestionar el proceso, cuenta con ello y sabrá hacer una valoración de su importancia objetiva. Pero ha de saberse que un cambio de régimen no se consigue a base de manifestaciones, salvo que sean tan masivas que representen a toda la sociedad. Para cambiar el régimen, primero hay que ganar las elecciones. Si eso se tuviera claro, la protesta de la minoría republicana se observaría con mayor tranquilidad.