Del carlismo al juancarlismo


La noticia de la abdicación del rey destapa en mí el tarro de las esencias poéticas y me conduce al ya lejano 1979, el año en que publiqué mi primer libro de poesía. En la contracubierta de aquel libro -Cielos e inviernos- escribí, con humor y poca amabilidad para con mi padre, que nací carlista en Pamplona, pero que mi padre nunca pudo aclararme si nuestro rey era don Javier o don Jaime. En el caos mental de mi infancia, acrecentado por mi fe ciega en los dogmas católicos, imitando a mi padre, y ya desde antes del uso de razón, me sentía carlista y, en consecuencia, además, antifranquista, puesto que Franco había utilizado a los carlistas para su éxito bélico y después los había dejado tirados. Ser carlista -y me sentí carlista aproximadamente hasta mis 20 años- era, en consecuencia, ser enemigo de don Juan, el padre del rey Juan Carlos, y de todos los reyes desde Alfonso XIII hasta Fernando VII, el rey felón que, aboliendo la ley sálica, le había otorgado el trono a su hija Isabel -la futura Isabel II- en detrimento del hermano del rey que, para los carlistas, era nuestro adorado rey Carlos VII, que nunca logró reinar. En este delirio histórico, el todavía hoy rey Juan Carlos era para mí un personaje odiado. Luego eliminé el carlismo de mi vida y empecé a entender que el rey Juan Carlos -un ciudadano irresponsable ante la ley, según la Constitución- podía ser una buena solución política en un país que había sufrido 40 años de la más atroz dictadura.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
4 votos

Del carlismo al juancarlismo