Rubalcaba, la crisis precipitada

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

27 may 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Un laberinto. No encuentro palabra más suave para definir la situación del Partido Socialista. La otra, que quiero evitar, es drama. Y la quiero evitar, porque no es la primera vez que el PSOE se encuentra en una encrucijada parecida, pero consiguió salir adelante e incluso ganar dos elecciones generales. Pero laberíntica sí es. Después de la decisión de Rubalcaba de tirar los trastos, se trata nada menos que de encontrar al líder del futuro, de componer una ideología atractiva y romper con la imagen del pasado reciente, que es la causante última del batacazo electoral.

Pero vayamos por partes. El resultado de las urnas es malo; pero resulta peor por las expectativas: hace un par de meses, la dirección del PSOE estaba convencida de que ganaría, porque así se lo decían las encuestas. Los dos escaños de diferencia con el PP no son una debacle. Lo que sí es una debacle es todo lo que los rodea: el quedarse sin electorado de izquierda, robado por Izquierda Plural y por Podemos; el saber que casi la tercera parte de sus votos se localiza en Andalucía, lo cual deja gran parte del territorio nacional como un páramo para socialistas; la nueva caída del socialismo catalán, que borra a Cataluña como garantía para ganar unas elecciones generales; el no haber sabido aprovechar el descontento social y el desgaste del Gobierno? ¿Hay algo más que pueda agravar el diagnóstico del enfermo?

Sí lo hay: la crisis ideológica, la ausencia de liderazgos intermedios, la pérdida de influencia social, la imagen del PSOE como un partido viejo. Hay momentos que recuerdan los trances agónicos de la Alianza Popular de Fraga. El desafío es tan grande que se puede asegurar que o el PSOE acierta en el congreso extraordinario, o puede pasar a ser un partido prescindible. Dramáticamente prescindible, porque o el PP se queda como el partido de Gobierno casi único, o la alternativa de izquierda se nos antoja demasiado radical.

Con estas perspectivas por delante, ¿hizo bien Rubalcaba en anunciar su retirada? Por mi parte solo merece elogios. Es un gesto de dignidad: ya está bien de políticos que no asumen ninguna responsabilidad. Hace una salida ordenada: pudiendo dimitir, continúa hasta que haya una nueva dirección, con la cual no deja al partido abocado al desgobierno, antesala del caos. Y sí, precipita la crisis, pero como eso iba a ocurrir en las primarias, más vale hacerlo hoy que en vísperas de las urnas municipales. Ahora tendrá que emplear toda su autoridad moral en evitar lo peor: que el PSOE se convierta en un campo de batalla por el poder. Si lo consigue, habrá cerrado bien su etapa. Si no, anoten la dimensión del desafío: el PSOE se puede partir. Y partirse en política es morir.