Bichos raros

Carlos Agulló Leal
Carlos Agulló EL CHAFLÁN

OPINIÓN

Una pareja contempla desde el mirador del alto de San Roque la espectacular vista de Viveiro, con su mascota bien sujeta a la correa. Es un cerdo vietnamita. Una chica muy fashion camina por el centro de Ferrol y del enorme bolso que cuelga de su hombro asoma la cabeza de un inmaculado peluche. Es un conejo blanco tan vivo como la mujer que lo pasea. En A Coruña, un hombre vestido como para ir a la oficina sujeta con descuido mientras mira unos papeles la cadena con la que lleva atado su animal de compañía. Es una comadreja.

Son escenas tan reales como inusuales los animales que algunos han decidido llevarse a casa. Como la serpiente que ha picado a una chica de Narón cuando se sentó en el váter de su cuarto de baño. No es la primera vez, aunque sin mordedura, que suceden casos de fuga y susto con reptil: hace algo más de dos años un matrimonio se encontró plácidamente enroscado en su cama un vistoso ofidio de colores que se le había escapado a un buen vecino enamorado de las culebras.

Están en su derecho, por supuesto, si es que los animales no son objeto de tráfico ilegal, están convenientemente registrados, no son un peligro para el vecindario y sus dueños los tratan de forma adecuada. Qué vamos a decir quienes tenemos perro en casa, en espacios que muchas veces para nosotros mismos son pequeños y agobiantes. Pero no dirán que no es poco raro: debates interminables para hacer una reserva playera a la que se pueda llevar el can; ordenanzas municipales severas (con motivo) para quienes no recogen las inmundicias; arneses y bozales hasta para el caniche más inofensivo. Y mientras, una escurridiza serpiente asoma por un retrete, muerde y se volatiliza.